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 Asunto: Carta nº 494
NotaPublicado: 31 Ene 2012, 15:45 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
“…hay momentos que parecen durar una eternidad.
Un viaje por el Atlántico de regreso al hogar
(…) La espera por una carta de amor”.
Johanna Raabe Historias de la tierra y el tiempo.

Debo confesar que al principio me sentí desconcertado. ¿Cómo tipificar esta nueva patología? Solo los tiempos modernos podían explicarla, sólo como producto de las tecnologías recién paridas -de las cuales casi por intuición me alejé, no sin éxito del todo- podían originarlas. Fue un poco como si intuyera mi futura profesión. Pero había más que eso, elementos que no respondían sólo a espacios virtuales tejidos a base de imágenes y palabras, nuevas heterotopias. Bien visto quizá la cuestión era más remota de lo que en un principio imaginé.
Porque viéndolo bien, todo empezó con una presencia con una mirada. ¿O el génesis fue mucho antes? De seguro… yo sólo sé que te vi y que lo mejor era concentrarse en otras cosas más apremiantes. Como muchas veces en la vida, donde lo último que priorizamos es lo verdaderamente importante. El caso es que luego recuerdo una noticia periodística, algún comentario en una situación que al fin y al cabo era un puzzle que sólo yo podía armar… luego no recuerdo más. Para entonces investigué y pasé por tu poesía y aun así me encontraba desconcertado. Así que decidí seguir investigando. ¿Pero cómo y donde escudriñar temas que parecen tan desprovistos de urgencia en plena crisis mundial y en plena amenaza de nuevo sismo económico? Definitivamente no podía ir a la biblioteca, no a la de la universidad mucho menos a la Biblioteca Nacional. Sólo los libros que había leído me podían decir algo, de ahí saqué mis conclusiones. No es mi intención citarlos acá, esto no es un ensayo, ni un artículo, esto no trata de congraciarse con los profesores… al fin y al cabo estas ideas son del que las necesita, como yo ¿no te parece cierto esa genialidad del cartero? En esa historia a Neruda le gustó la idea por ser democrática. ¿La recuerdas? Yo lo recuerdo con doce años, con una antiquísima taza de plástico rojo, llena de agua para aplacar las lágrimas. También recuerdo teniendo que agregar a una imaginaria lista, la segunda película que a pesar de mis esfuerzos lograba exprimirme lágrimas.
Hace tiempo compré un libro que por barato y por estar un poco alejado “de mis temas” no le di mayor importancia. Pero mira como son las cosas, que en los lugares menos sospechados encontramos las claves de nuestra vida. El libro trataba sobre el Quijote. Pero para lo que aquí interesa, un fragmento trataba sobre el amor. ¿Recuerdas a Don Juan? Bueno, si quieres en la interpretación de Heath Ledger (pero yo de ahí sólo me quedo con Vivaldi y el concierto para mandolinas y orquesta). El caso es que Don Juan sabe lo que tú quieres y aunque sea un impostor, si toca a “vuestra puerta” entonces se le deja entrar (tú sígueme la corriente). El Quijote es distinto, no le interesa la seducción sino lo contrario por eso crea a Dulcinea del Toboso. En realidad no sabemos si ella es fea, se supone, pero ¿cuál es la fuente? Sancho, un enanito panzón. El caso es que Don Juan se pone la máscara y el oriundo de la Mancha en lugar de ponérsela se la pone al objeto del deseo. Es decir al objeto amado. Yo no sé en que momento terminé de moldear mi máscara y menos aún en que momento me percaté de que te quedaba a la perfección.
Ahora bien, has de reprocharme el hecho de que ni siquiera nos conocemos. Ni negarlo, pero ten en cuenta que Roque y Alegría –nuestros poetas- sólo se vieron las letras. ¿Qué tiene eso de raro? De todas maneras creo que Machado tenía razón: Todo amor es fantasía; él inventa el año, el día, la hora y su melodía; inventa el amante y, más, la amada. No prueba nada, contra el amor, que la amada no haya existido jamás. Y más razón tiene aún si como es mi caso esa amada sí existe. Ahora te pido que me tomes lo que quieras menos miedo. Estoy harto de no poder memorizar aquel verso baudeleriano: todos a quienes quiere amar, le observan con temor. Tampoco es mi intención ofenderte, este tipo de locura no llega a tanto. Así que ni ofensa ni temor, a lo mucho ridiculez… ¿pero es realmente ridícula una carta de amor? Quizás sí. Fernando Pessoa bien lo sabía: Todas las cartas de amor son ridículas. No serían cartas de amor si no fuesen ridículas. (…) Las cartas de amor, si hay amor, tienen que ser ridículas. Pero, al fin y al cabo, sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor sí que son ridículas.
Hubiera querido una carta que se asemejara más a un susurro, pero no es lo mío. Tampoco aquél erotismo rebalsado de un entrenado escritor en cartas de amor como era Joyce… no, tampoco has sido lo mío.
Hoy lo mío era la necesidad de mandar una carta de amor y tú en calidad de inspiración eres la responsable. Espero haber con una de esas eternidades y al mismo tiempo haber comenzado otra: la duración de un beso eterno que te envío.
Auf wiederlesen!


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